YLENIA Y JUAN

“Me gusta como es, bueno, me gusta mucho, mucho muchísimo exactamente. Él siempre me dice que es un tío normal, que qué hago con él, y eso es justo lo que me encanta, aunque él piense que es su pecho y altura. Y su manera de hacer la cama me enternece. Sufro una terrible debilidad por su olor y sus manos. Hay una canción que inevitablemente ya siempre me recordará a ti, no porque sea mi preferida, sino porque sonó en el mismo instante que supe que tu eras perfecto para mí. Me hace feliz poder mirarle y que él me mire. Y me encanta saber con tanta certeza que no estoy sola en todo esto. Cuando está conmigo consigue que las noches sean más que ese tramo que finiquita el día, sino, me visto de incógnito y me dice que soy la mejor chica de incógnito del mundo. Me da confianza y seguridad, con él soy más yo que nunca. Ya sabe cómo darme calor en mis fríos pies. Y nos hemos dado una gran lección de ternura, juntos somos mejores personas. Y no dejaré de querer emborracharme de burbujas con él porque me flipa, porque es súper divertido, y me encanta partirme de risa a su lado o que él estalle a carcajadas como le he visto hacer mil veces. De hecho, como la primera vez que lo vi.

Y Oscar Wilde dijo que la risa nunca fue un mal comienzo y que está lejos de ser un mal final.

Pero empecemos la historia desde el principio…

Hola. Me llamo Ylenia, aunque si por los demás fuera, mi nombre seria Ratón o incluso Yle. Nací el 28 de diciembre del 85 a modo de broma gorda, entonces sí que debía parecer una Ratilla. Tú seguro que ya casi andabas y comías tabletas de chocolate a 2 manos. Nacimos en escenarios diferentes. Tú vivías en la capital del Reino, yo vivía en un reino sin capital reconocida, tu desayunabas leche en brick y yo leche recién salida de la ubre de una hermosa vaca pelirroja llamada Paloma, yo no iba al cole varios días al año por tener más de 1 metro de nieve en la puerta de casa, tú siempre ibas a no ser que te pusieses enfermo. Crecimos en situaciones diferentes, tú sólo habías cambiado de casa 1 vez y yo ya llevo más de 12. Tú todavía podías contar con que tu mami te hiciera un sándwich en la cama para arroparte siendo tú el queso; la manta el jamón y, el colchón y el edredón las tapas de pan. Yo como mucho me podía hacer un “mixto” mientras hablaba con la mía por teléfono. Luego también están las ganas por ver y explorar, por saber, por ser alguien. Creo que éstas unieron nuestros caminos, los que fueron a parar a ese local de moda donde ponían los Ramones y los Killers. En ese momento no se si pasó algo lo suficientemente gordo o importante. Por lo menos me pudiste preguntar dónde me había metido todo este tiempo y yo comprobar que eres un chico que no tiene miedo a bailar en público y que tampoco tiene reparo en sonarle los mocos a desconocidas. Lo que pasa es que aún no nos habíamos percatado de lo que significaba todo eso. Y el siguiente martes de ese octubre del 2010 empezó la guerra. Cañonazos, cura de heridas, alíate con el enemigo ¿o posible amigo?, estrategia de juego, la paz después del combate, sí, no, no, sí, puede…, el miedo, la inseguridad, los otros, las otras, el apego, los barcos y las tormentas en ultramar. Gané la guerra. Ganaste la guerra. Ganamos la guerra. Te aseguro que lo que más me sorprendió fue ver que siempre habíamos estado en el mismo bando sin planearlo. Y la chica ya era tuya. Completamente tuya. Seguramente no era el mejor trozo de algo que jamás hayas tenido entre las manos pero a mí, eso, me dio igual porque yo sentía que sí que lo era. Molaba la etapa que nos mirábamos interrogantes. ¿Cómo? ¿Cómo lo has hecho? ¿Por qué?

Y creamos el mundo de las cartas, de las horas y horas en horizontal, de las cenas a base de gintonic, de las tostadas a la sartén, de los besos de vaca en cada semáforo y de los viajes y mudanzas con o sin sentido. Creamos el universo de las apuestas, el de investigar en nuestros cuerpos cual detectives privados. Y aún recuerdo ese día, volviendo de pasear por nuestro querido Barrio de Las Letras, ahí tirados en nuestro ático sin ascensor viendo estrellas fugaces, sin cielo. Recuerdo como se me iban empañado los ojos y escuchaba cada vez mas lejanas sus palabras. Y es que, como él me dijo, no era cuestión de ganas sino cuestión de necesidad. Sonaba “Streets of Philadelphia” y mi mano derecha brillaba más que nunca.

Y así fue como creamos sueños de un futuro triunfador, cómodo y fascinante. Creamos el J-Y World.

Está claro que hemos creado otra vida aparte, demasiado genial, como para no conservarla. Está claro que a ser libre no se aprende, sino se experimenta.

Con amor, Yle.”

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