Y LE DIJE SI

“Lo nuestro empieza por una casualidad. Ese típico día que ni tenías pensado salir y al pasar el tiempo te das cuenta que esa decisión te ha cambiado la vida. Esa chica que te presentan y que desde el primer momento notas la magia, esa magia que te hace sentir que no hay nada más alrededor, solos tú y ella. Aun así, la guardas en algún cajoncito de los que sirven para preservar momentos especiales y dejas pasar porque tus valores hacen que así sea dadas las circunstancias, ambos teníamos pareja. Pero el destino es caprichoso. Una y otra vez la casualidad vuelve a aparecer en un camino que tú mismo trazas, hacia un destino que no se parece a lo que acabará siendo. Un camino, que lo que sí tenía claro desde pequeño, es que lo iba a ir definiendo única y exclusivamente con material sólido y de verdad, ese que sólo se encuentra en los sentimientos y la razón. Un camino que mires las veces que mires hacia atrás, estás convencido de que jamás te arrepentirás de haber tomado y construido.

No creo por eso en el destino, creo en los caminos de cada uno, y los nuestros volvieron a cruzarse de nuevo 4 años después. Entonces, noté otra vez esa magia que te avisa de que algo diferente va a pasar, tu cuerpo lo sabe pero no eres capaz de entender por qué, ni siquiera eres consciente de que te está sucediendo pero a la vez sí. Los que se han enamorado alguna vez de verdad son los únicos que pueden entenderme.

Luego llegan esos primeros días, primeros detalles, primeros gestos e impresiones, que sin necesitar mucho más, hacen que tú mismo te preguntes y a la vez te respondas que esa persona tiene todo lo que necesitas para cogerla de la mano y comenzar a unir para siempre esos caminos que tenían orígenes tan diferentes.

Pasa el tiempo y tus sensaciones cambian. Al principio se nota un cosquilleo de emoción cada vez que vas a ver a la otra persona, es muy intenso y no puedes reprimirlo. Luego, poco a poco, se convierte en una sensación que hace que si no se está junto a ella empieza a faltarte algo de ti mismo, algo tuyo, que se ha hecho parte de tu vida y que al no tenerla se echa mucho de menos. Es entonces cuando analizas un poco tus sentimientos, y te das cuenta de que eso que sientes ahora viene de mucho más dentro que el cosquilleo imparable del inicio. Además es algo que va a más y cada día que pasa.

Sigue pasando el tiempo y cuando miras a la otra persona, cuando la miras de verdad, no de un vistazo diario, fijamente, esperando que tu interior hable sin preguntarle, éste te habla en silencio diciéndote que ¡no la puedo querer más! Me encanta mirarla de esa manera cuando duerme sin que se entere, y dejarme llevar y escuchar una y otra vez a mi corazón hablar de lo importante que es para mí. Ese es el material con el que me gusta construir mi camino en la vida.

Por otro lado está la razón, el análisis de lo que inevitablemente nos rodea, nuestras circunstancias que pese a vivir en “el mundo de tú y yo” no podemos dejar a un lado, y que por suerte o por desgracia por mi forma de ser valoro. Eso me ha hecho no cegarme por la fuerza de lo incontrolable, esa magia adictiva que te lleva a hacer lo que nunca hubieras pensado serías capaz. Por eso, no me ha quedado más remedio que construir mi camino con mis materiales y no con materiales prestados, y hacerte pasar por una frustración temporal que ponía el punto oscuro de “el mundo de tú y yo”. Tú querías unir los caminos pero a mí me faltaban adoquines, e insisto que he preferido seguir poniéndolos a mi manera, con paso firme y decidido pero convencido de todos y cada uno de ellos.

Allá por mayo de 2016, era ya tarde en su fiesta de cumpleaños y se había ido todo el mundo. Fue entonces cuando me enfrenté a una situación que no esperaba, pero que finalmente terminó de abrirme los ojos. Unos ojos que tenía medio cerrados dentro de una oscuridad que no me dejaba ver. Simplemente me dejé ir, no escribía yo, escribía lo más profundo de mí. Según acabé de plasmar en una hoja de un diario que le habían regalado lo que mi interior quería decir, inmediatamente me sentí diferente, me sentí preparado para dar ese paso que da vértigo, en mi caso no por sentir que pierdes tu libertad como hombre o cosas tan manidas, sino porque hasta entonces sentía que si lo daba iba a traicionarme a mí mismo porque acabaría haciendo algo movido por el ruido externo, la presión de ciertos círculos que realmente viven fuera de nuestro mundo. Y desde ese momento me sentí preparado.

Es ahí cuando ratito a ratito empiezas a pensar cómo va a ser ese momento. Además, sabes que es un momento muy importante para la otra persona y no quieres fallar. Realmente no me importaba el dónde, el cuándo, el cómo o el qué, siempre miraba más porque fuera un momento de magia de nuestro camino. Es cierto que aderezas todo con los gustos de ambos pero sin dejar de pensar ni un sólo momento en lo importante. Y para eso sólo veía necesario dos ingredientes, TU y YO.

Tenía claro que iba a ser en noviembre, de viaje, rodeados del mundo pero a la vez solos.

En esos ratitos en los que cada día hablas contigo mismo pensaba también en el anillo. Por suerte hay algo que se me da muy bien y es que sé escuchar. Eso me ayuda en muchos aspectos de la vida, y en éste no iba a ser menos. Sabía perfectamente, sin habérmelo dicho nunca explícitamente, qué tipo de anillo quería. Y hacer un regalo así me encanta, acertar generando una reflexión en la otra persona que le haga preguntarse: ¿cómo lo ha sabido? Sólo es cuestión de escuchar. Pese a ello el proceso no es fácil, tienes que hacerte prácticamente experto en joyería si quieres estar convencido de que lo que vas a dar en forma de símbolo de ese momento es perfecto. En mi caso se juntó otro problema. Sentía que comprando el anillo estaba poniendo precio de alguna manera a esa magia, y no hay dinero en el banco que pague eso, así que al final te acabas volviendo igualmente loco pero pones una cifra terrenal.

Me he acabado dando cuenta de que como había pensado siempre no importa absolutamente nada ni el dónde ni el cuándo. Al principio iba a ser en México, unas vacaciones que a ambos nos apetecían mucho,pero hubo un problema y casi a última hora se cambió el lugar a Nueva York.
Nueva York es especial para los dos, el año anterior habíamos estado también en esas fechas y lo que al principio era un viaje más dejó de ser un viaje para convertirse en ese “rinconcito” en el que sólo tú y yo notamos que hay magia. He de reconocer que durante nuestro primer contacto con la cuidad el año anterior, no sé por qué, comencé a sentir que había lugares que sabía que íbamos a recordar para siempre, el mirador al lado del River Café, rincones de Central Park o algún otro que sólo puedes encontrar allí.
Una vez que el destino estuvo claro, sólo quedaba preparar la sorpresa. Por temas laborales podíamos únicamente estar 3 días allí, y estaba dispuesto a darle a Mery la sorpresa de su vida no sólo por lo que iba a suceder después sino por hacerle todo el contexto especial. Había preparado todo lo necesario para viajar allí sin que ella se enterara (documentación, billetes, dólares, etc.), y la noche antes de salir, quedamos a cenar con mis padres. Nadie, absolutamente nadie, sabía lo que estaba tramando, no se lo dije ni a mi mejor amigo, ni a mi hermano ni a mis padres. Veía justo que la primera en saberlo tenía que ser Mery. Esa noche, cuando llegamos a casa a eso de la 1 de la mañana, le dije que si no le apetecería ir de fin de semana rural, ya que teníamos tres días libres. Mery, que para eso es como mi abuela, que le dices si le apetece….y antes de terminar la frase tiene el bolso colgado y está saliendo por la puerta no importándole el destino, me dijo que vale, pero que tenía que saber qué ropa llevarse. Mi respuesta obviamente no dejó ver ni una pequeña pista de lo que le esperaba. Esperé a que ella se metiera en la cama para poder esconder en algún lugar el anillo, y decidí que para evitar perderlo, lo mejor era llevarlo en el bolsillo del abrigo, aún a riesgo de ser descubierto por esa curiosidad femenina que hace preguntar por cualquier cosa que se sale de lo normal, ¿qué llevas ahí?, ¿a dónde vas con eso?, etc.
Al día siguiente cogimos el coche y nos dirigimos rumbo a algún lugar, pero el camino acabó haciéndose demasiado familiar, estábamos entrando en “el salón de nuestra casa”, la Terminal 4 de Barajas. Ella empezó a preocuparse porque no se había traído la documentación para pasar el filtro de seguridad (no te preocupes…si ese no va a ser tu mayor problema, jeje), por supuesto yo lo tenía todo listo. La siguiente sorpresa llega cuando ve que bajamos al tren que lleva a la terminal satélite, la de los vuelos largos. La intriga podía con ella, y no paraba de intentar sacarme el destino (en el fondo sabía que no tenía nada que hacer, soy una roca para las sorpresas). Al final llegamos al único punto que si o si desvelaría el secreto, la puerta de embarque. Como he dicho, Nueva York es especial para los dos, y le hizo la misma ilusión volver que el año anterior cuando iba por primera vez.
Las preguntas seguían sucediéndose, y ¿cuál es el plan? decía, y la verdad es que el plan era, que no había plan. Decir que no todo fue un camino de rosas, no pudimos entrar en el primer vuelo porque había overbooking, tuvimos que esperar 4 horas al siguiente y entramos en el último momento. De no haber entrado, habría tenido que cancelar el viaje y buscar otra alternativa más adelante. A ella le daba pena, pero imaginad la presión que sentía yo.
Al llegar allí, fue cuando empecé a escuchar una vez más para que ella misma, sin darse cuenta, me dijera cuál era el momento y el lugar perfecto para que viniera la gran pregunta. Al día siguiente mientras comíamos le pregunté que qué le apetecía hacer, si darnos un paseo por Central Park o cruzar el puente de Brooklyn y bajar al mirador que tanto nos gustaba. Su respuesta me hizo gracia, “hombre, me gustan los dos, el puente de Brooklyn me encanta, por otro lado Central Park es más romántico”, Mery…me acabas de dar la respuesta perfecta a mi pregunta.
Comentar también que para este tipo de momentos tanto ella como yo somos personas que nos gusta la sencillez, que las cosas importantes no pierdan su sentido y su verdad por demasiado ruido de fondo. Así que no tenía nada especial preparado. Me considero una persona segura de sí misma, y estaba convencido de que dejando hablar al corazón en ese momento diría lo que tenía que decir. Lo que si quería era que el momento lo pudiéramos conservar para siempre, así que cargué ese día la gopro y el móvil al 200%.

Llegamos a Central Park y disfrutamos del inicio del atardecer paseando por los caminos y entre los árboles tonos naranjas y rojizos que hacían del lugar lo que es, una auténtica maravilla. Llegamos a una pradera y nos sentamos en un rincón apartado de la gente, preparé la cámara y el móvil (por si uno de los dos fallaba) y entonces sucedió lo que jamás me imaginé. Ha sido el único momento de toda mi vida en el que me he quedado absolutamente en blanco. No sabía articular palabra, no sabía qué decir ni cómo decirlo. Empecé a soltar frases incoherentes como para ver si podía darme a mí mismo una entradilla y seguir después dando rienda suelta a los sentimientos…pero ni por esas, estaba con la mente bloqueada. Así que tuve que decidirme por directamente decir una frase que tanto ella como yo coincidíamos en que no nos gustaba por el poco significado que realmente tiene. ¿Quieres casarte conmigo? Si se analiza, lo importante no es el hecho de casarse, más bien creo que es que a partir de ese momento vas a pasar el resto de tu vida con esa persona, pero, no sé si los nervios, la tensión o qué, me jugaron una mala pasada. Aun así, ya lo había dicho.
Mery me miró, se dirigió luego a la cámara, cual actriz de cine, y esbozó un “¿estás de broma?”. Rápidamente entendió que no, porque eché mi mano a ese bolsillo que tanto había protegido durante dos días del más mínimo roce por su parte, y saqué una cajita rosa con su inicial grabada (sabía que le encantaba). En ese momento se hace un silencio que hasta la ciudad de Nueva York parece que se para y te mira disfrutando de la magia. Es entonces cuando llega el abrazo más lleno de sentimiento que recuerdo en toda mi vida. Reconozco que alguna lagrimilla se escapó de mis ojos (o algunos cientos de miles, para no engañar a la audiencia y ser fiel a la realidad, jeje), al igual que de los suyos. Pasado el tiempo me reconoció que al haber leído tantas historias y tan bonitas como las que compartís aquí, estaba preocupada por no sentir que era un momento especial, y pasar a ser algo cotidiano, pero cuando lo vives en primera persona no hay nada que se le parezca.
Han pasado los meses y creo que nuestro compromiso sigue en pie, porque jamás me contestó sí o no, aunque he de decir que no necesitaba una respuesta. El abrazo habló por sí solo. Era un abrazo que hablaba sin hablar, decía todo lo que no había sido capaz de decir con palabras, significaba lo que va a ser nuestra vida a partir de ese momento, dos caminos que se unen y pasan a ser uno.

Desde nuestro camino,

Javi.”
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