LA PEDIDA DE CARMEN

“Desde pequeña siempre he sido una princesa soñando con ese “príncipe azul” que llegaría el día menos pensado…

Y ese día llegó. Fue un 9 de junio de 2011 cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, pero no le reconocí.

No apareció a caballo, sino derrapando con su coche tuneado. (¡Lo que siempre había odiado!)
Y, de primeras, su carácter no me pareció “encantador”…
Tampoco hubo zapato perdido, pero sí un tropiezo al salir de su coche con el que, sin yo darme cuenta, empezó todo.

Y, con el paso del tiempo, estábamos tomando una caña (“Rápida y me voy a casa”, pensé para mí…) Pero la tarde se hizo noche, y la noche casi se hace día…

No era el mejor momento. No era de mi grupo de amigos. Ni era de mi barrio. Tampoco de mi edad…

A él le apasionaban los coches. Y yo no sabía ni pisar el embrague.
Sin embargo, yo amaba cantar todas las canciones de la radio… ¡Pero él las desconocía!
Él estaba convencido de que la política no existe, mientras que yo en cuanto sale el tema político, me enciendo rápidamente.
Él tan discreto. Yo, tan “de dar la nota”. Yo, nerviosismo puro. Él, paciencia infinita…

Y así fue. Sin aparentemente nada en común, pero complementándonos cada día un poquito más, empezaron a pasar los días, y los meses… Y las quedadas se hacían cada vez más frecuentes, y también más intensas.

Comenzamos a viajar y nos dimos cuenta de que pasar tiempo juntos, lejos de todo, descubriendo rincones del planeta, uno al lado del otro… ¡Era lo que más nos gustaba del mundo!

Y estábamos en nuestro mejor momento cuando una oportunidad, que no quise rechazar, me llevó a vivir a 2.000km.
Maldita distancia pensé. Estaba convencida de que acabaría con lo nuestro. Pero los 12 meses separados pasaron volando… ¡Y nunca mejor dicho!
¡Tantísimos aviones cogimos para reencontrarnos!: Malta, Barcelona, Miami, Venecia, Londres… Incluso llegó a dejarlo todo para poder vivir conmigo fuera de España.

El tiempo y, sobre todo, sus actos, me confirmaron que era ÉL… Y fue entonces cuando me di cuenta de que solo quería pasar el resto de mi vida a su lado. Estaba deseando prometerle amor eterno vestida de blanco.
Pero, tras no haber pedida de mano tampoco en París, ni en Nueva York… Perdí un poco la fe.

Entonces una noche, con un par de copas de más, en unas fiestas de barrio, y con muchos testigos alrededor… Se arrodilló y me pidió que estuvieramos juntos para siempre. No era un escenario de ensueño ni había anillo con pedrusco, pero la intención existía…

Desde ese momento empecé a preparar la boda al más mínimo detalle. Fijamos la fecha (16 de julio de 2016) y, sin anillo de pedida, fuimos reservándolo todo.
Yo siempre le amenazaba (medio en broma, medio en serio) con que no le diría “Sí quiero” sin tener mi anillo.
Pero él me decía que ese momento llegaría “cuando menos lo esperara”… Así que con tantos preparativos de la boda, dejé de pensar en ello.

Y fue la noche antes de convertirnos en marido y mujer, después de cenar y ensayar el baile nupcial por última vez.
Esa noche del 15 de julio, llenos de nervios y emoción por lo que nos esperaba al día siguiente; cuando iba a despedirse de mí para irse a dormir con sus padres, y ya no nos veríamos hasta mi llegada al altar… Entre lágrimas y en el lugar más bonito del mundo (que es nuestra casa, el hogar que hemos creado juntos) sacó la cajita con el anillo y me dijo que estaba deseando que llegara el día siguiente para que me convirtiera en su mujer.

Yo, que soy muy perfeccionista y me gusta tenerlo todo bajo control, me encontré con la mayor sorpresa que podía imaginarme.
Tan sencillo, tan emocionante, tan mágico, tan sorprendente, tan perfecto, tan a última hora… Había llegado el momento de la pedida. Ese momento tan esperado, pero que llegó a mi vida como llegó él, de la forma más inesperada.

Evidentemente, la respuesta fue SÍ. Nos despedimos entre lágrimas de emoción. Y, al día siguiente, de nuevo entre lágrimas, nos reencontramos en el altar y ¡nos juramos amor eterno!

Con cariño, Carmen.”

 

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