IRENE Y J

“J y yo nos conocíamos desde pequeños, porque éramos vecinos e íbamos al mismo colegio en Valencia. Empezamos a salir cuando abandonamos el instituto y comenzábamos la universidad. A los 6 años de noviazgo me fui a Bélgica a hacer una beca. Pasamos un año complicado porque no teníamos mucho dinero para viajar y vernos y durante la carrera estábamos acostumbrados a vernos día sí y día también. Después de las vacaciones de verano decidimos venirnos juntos a Bruselas a buscar trabajo los dos.
Yo siempre he tenido mucha ilusión por casarme, pero él se mostraba reacio porque decía que no entendía la necesidad de montar un “paripé” en público para demostrar que nos queríamos. De hecho, en nuestros primeros dos años de convivencia nuestras dos únicas discusiones giraron en torno al tema boda.
Llegó el verano de 2015 y algo que decía que iba a ser muy especial. Antes de ir a la península a pasar unos días con la familia, nos fuimos una semana a Ibiza. Estaban siendo unos días increíbles. Estábamos descansando un poquito en el agroturismo cuando J me dijo: vamos a ducharnos y vamos a la cala de Benirrás a escuchar los tambores con la puesta de sol. Habíamos oído hablar de ello y tenía una pinta estupenda. Me sorprendió que J se pusiera (y que hubiera traído al viaje) unos pantalones que pensaba que había desterrado pero estaba siendo todo tan estupendo que ni se me ocurrió decirle nada al respecto, je! Llegamos a la cala con tiempo pero estaba repleta de gente. Cogimos sitio, plantamos nuestro pareo y quedamos a la espera. J empezó a ponerse mega nervioso. Decía que había demasiada gente, que no se lo esperaba así, que pensaba que iba a ser más íntimo, que si quería que pensáramos un plan b, que le habían recomendado un restaurante muy bueno a media hora de allí… Y yo le dije que se relajara, que las vistas eran espectaculares, que disfrutáramos del momento, que estábamos de vacaciones. No estrés. Insistió en encontrar un buen restaurante y yo le dije: ¿por qué no lo dejamos para mañana y hoy vamos a uno de los que hay en la cala que tienen una pinta estupenda? Cenamos en uno de ellos (y estaba todo riquísimo), reímos pero aun así notaba a J muy nervioso. Habíamos visto caer el sol desde el restaurante y la cala se había quedado desierta. Tan sólo se veía al fondo una hoguera y se oía el sonido de los tambores. J propuso ir a pasear por la playa-algo que me encanta- y nos sentamos a observar las estrellas en el mar, con el ruido de tambores de fondo. Entonces empezó a decirme lo importante que era para él, lo feliz que era y me dijo: ¿qué te falta para tu felicidad plena? Me reí y le dije: ¡ya lo sabes! Y me respondió: como lo sé y lo único que quiero es hacerte feliz.. hincó rodilla en suelo, me hizo la esperada pregunta y sacó del pantalón (ahora entendía todo) la caja con el anillo. Empecé a llorar como una magdalena. Le abracé y no podía dejar de llorar de la emoción. Me dijo: por favor dime que sí. Empezamos a reírnos. Seguía sin hacer ni caso al anillo. Cuando lo miré me di cuenta de que era EL anillo. No me podía creer que hubiera acertado tantísimo. Me dijo que había observado que lo miraba en las revistas o lo buscaba en instagram. Después paseamos hasta llegar a los tambores, bailamos y no paramos de abrazarnos y besarnos. Fue fiel a su estilo: discreto y romántico. Él esperaba una cala desierta para nosotros y por eso estaba agobiado. Me decía: no iba a pedirte matrimonio delante de toda esa gente, hubiéramos estado en youtube antes de que pudiéramos decir nada a nuestras familias y no era como quería hacerlo.
El 30 de abril cumplimos nuestro primer aniversario como marido y mujer. No para de decirme lo feliz que es de ser mi marido. Y yo soy feliz a rabiar de ser su mujer.

Con amor, Irene.”

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