ÁFRICA Y DAVID

“David y yo nos conocimos en Úbeda por casualidad, la mejor casualidad de mi vida. Yo había quedado con unas amigas para ir a una manifestación de “No a la guerra”, y un amigo en común me avisó de que iba a estar con sus amigos en una cafetería, por si nos queríamos pasar después. Poco después de llegar nosotras, llegó David, el que sería mi marido hoy. La verdad es que en esa ocasión no nos dirijimos mucho la palabra directamente (he de reconocer que ambos somos bastante tímidos), por eso me sorprendió que nos invitara a una barbacoa en su cortijo ese fin de semana. El día fue perfecto, lo pasamos genial y nos reímos muchísimo (aún conservo la única foto que tenemos de ese día, que la hizo un amigo suyo con cámara ¡de las de carrete!). Pero lo mejor vino al final. Recuerdo que cuando me dejó en casa poco después recibí un SMS (esto pasó hace ya mas de 13 años) suyo que ponía algo así como que estaba encantado de haberme conocido y que quería que nos volviésemos a ver. Nos intercambiamos el Messenger ( jajajaja, si, el Messenger) y quedamos en hablar durante la semana. Unas semanas después, estando en clase de informática, David inició un chat, para preguntarme qué planes tenía para ese Viernes. Yo empecé a hacerme la despistada, en plan “¿por? ¿para qué?” , porque justo ese Viernes me iba de excursión a Sevilla con el instituto y llegábamos muy tarde. Él, que era tímido hasta para escribir por el Messenger, empezaba a tardar mucho en contestar. Finalmente me dijo: “te quería decir una cosa”. Yo : “ah, ¿si? dime dime” . Con tanta tontería no me di cuenta de que la profesora había conectado el proyector (que estaba, desgraciadamente, acoplado a mi ordenador) y que la conversación estaba saliendo en la plantalla proyectada en la pizarra. Menos mal que el resto de la clase estaba recogiendo las cosas para salir de clase, porque cuando me quise dar cuenta, vi en la pantalla de la pizarra cómo David me había escrito: “Me gustas mucho”. Mi amiga Criss, que no se le escapa una, lo vio todo, y le sirvió de material para la carta que nos leyó en la Iglesia el día de la boda. Él no supo nada hasta que años después le confesé que su declaración había sido más que pública. Ese sábado 27 de marzo de 2004 quedamos formalmente, nos tomamos un café y no nos hemos vuelto a separar hasta el día de hoy.

Hemos superado vivir distanciados cuando me mudé a Madrid a estudiar la carrera, pero finalmente él lo dejó todo por venir a Madrid. Me esperaba al salir de clase, de la biblioteca, de las prácticas, me preparaba la merienda mientras yo estudiaba, y ¡me preguntaba la lección!. Cuando terminé la carrera me dieron una beca para hacer el Doctorado en Sevilla, y de nuevo, él dejó su trabajo para venir conmigo. Fue allí, en Sevilla, en nuestro 11 aniversario, después de que yo leyera la tesis, cuando me pidió que me casara con él. Y he de reconocer que la pedida fue muy fiel a su estilo. Se fue quedando poco a poco con las cosas que más me gustan para sorprenderme al final.

Cuando vivíamos en Sevilla, solíamos irnos a correr a la ribera del río. Siempre que pasabamos por el restaurante Abades Triana, yo le decía: ” algún día tendremos que ir allí. Pero a cenar, que es muy romántico”. Y él siempre me decía: “Bueno, algun día iremos”. Pero al final nunca ibamos. Con el anillo pasaba algo muy similar. Yo reconozco que cuando voy andando por la calle me voy parando en todos los escaparates, da igual si son de joyería, o de ropa, de muebles, lo que sea. Una vez vi un estilo de anillo que me gustó, y debió de escucharme, porque se quedó con “la copla”. El día del aniversario, empezó como un día cualquiera. Yo le había comprado un reloj, porque le encantan, y en las ocasiones especiales siempre cae alguno. Imaginando que íbamos a ir a tomarnos algo a alguna terracita, eché el reloj al bolso. No me arreglé mucho, porque imaginaba a dónde íbamos a ir y tampoco era plan de ir en taconazos andando por los adoquines. Siempre me arrepentiré porque recuerdo perfectamente que me puse unos pantalones de esos de pata de elefante burdeos, con unos stilettos negros, y una blusa vaquera. Pero cuando salimos a la calle, él me cambió el rumbo, y ya me descolocó un poco. Nos ibamos acercando al río, y yo iba pensando “Pero a dónde vamos?”. Y él me decía: “Ya casi estamos”. Entonces yo pensé que íbamos a un restaurante chiquitín Italiano que había un poco más adelante del Abades. Cuando estábamos casi a punto de pasar de largo del Abades, tiró de mí y me dijo: “Dónde vas? que te pasas la puerta!?”. Y ahí fue cuando ya empecé a temblar. Entramos, él tenía reserva, y nos sentaron en una mesa muy cerca del pianista que estaba tocando. Yo estaba pensando “Madre mía, que despliegue de medios para el aniversario”. Pero claro, empecé a notar a David muy nervioso. Me miraba y se reía. Miraba por encima de mi hombro, apenas si comía. Me estaba poniendo realmente nerviosa. Cuando llegamos al postre, ya estaba algo más relajado. Me abrazó y me susurró que me quería, que me quería mucho. Y mientras me liberaba del abrazo me preguntó (muy bajito) que si me quería casar con él y me enseñó una cajita. Yo no paraba de decir. “pero de verdad? pero esto es en serio?”. Y él ” que sí mujer, no ves el anillo? Te gusta?”. Yo: ” es perfecto”. Él: “entonces?”. Y le dije SÍ con mayúsculas!. Ya entendía los tironcitos que notaba mientras me abrazaba, se le había atascado la cajita en el bolsillo de la chaqueta. Lo que él no se esperaba era que mientras me abrazaba yo desvié la mano un segundo al bolso y cogí el reloj. Así que cuando me puso el anillo, su cajita con el reloj le estaba esperando en la mesa también.Y eso sí que ¡no se lo esperaba!. ¡Era nuestra pedida!. Pedimos champán y terminamos la cena embobados e ilusionados. De hecho, allí mismo empezamos a planear cositas. Nunca lo olvidaremos.

Y casi un año después, el 12 de marzo de 2016, una vez más él volvió a esperar que yo llegara, pero esta vez de pie en el altar.

Con amor, Africa.”

Leave a Reply